Memoria #3

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La superficie se sentía rígida y fría. Distante e incómoda como un cristal denso de hielo.

Sentía mucho frío. Muchísimo.  El frío entraba por mis poros y se colaba entre mis huesos hasta llegar a mi corazón que cada vez latía con menos fuerza.

El sonido de las campanas era penetrante e intenso. Molesto para mí. Agobiante como un enjambre de abejas en lugar de cerebro.

El peso en los párpados me obligaba a mantener los ojos cerrados, pero no era sólo peso en los ojos, también en el pecho. El peso de las penas en el alma.

Medianamente consciente de mi cuerpo, pero con los sentidos a flor de piel, poco a poco me fui liberando y a medida que el frío entraba en mí, yo entraba en los lugares claros aunque inhóspitos de mi mente.

Lugares plácidos y tibios con seres amados. Lugares seguros y tranquilos. Lugares locos. Lugares espontáneos. Lugares rústicos y lugares en silencio. Lugares luminosos. Lugares verdes. Fui feliz. Tan feliz como cuando no tenía consciencia de mí.

La quietud. Esa inacción pasiva y mediocre como mi estado ideal. Me encontré con mi ser.

¿Fui sin pensar? o ¿Pensé sin ser?

Adorable & Desastrosa

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